Escuchar la sirena de la ambulancia o de Protección Civil cruzando la ciudad se ha vuelto, lamentablemente, parte de la banda sonora de Iguala. Si estás en el centro, en el Periférico o rumbo al Tomatal, y ves el tráfico detenido, lo primero que piensas es: “Ya tiraron a otro motociclista”.
Y no es exageración. Las estadísticas no oficiales, esas que vemos nosotros los ciudadanos todos los días, marcan un ritmo alarmante: uno o dos accidentes diarios. Lo que antes era noticia de fin de semana, hoy es el pan de cada día. La motocicleta, que llegó para solucionar la movilidad de miles de familias igualtecas, se está convirtiendo en un boleto a la sala de urgencias.
Una ciudad sobre dos ruedas
Iguala se ha llenado de motos. Es lógico: gastan poca gasolina, son baratas y te permiten esquivar el tráfico infernal de las horas pico. Sin embargo, este crecimiento explosivo no vino acompañado de lo más importante: educación vial. Hoy, nuestras calles son un campo de batalla desigual entre el acero de los autos y el cuerpo de los motociclistas.
La vulnerabilidad del motociclista
Hay que decirlo claro: no siempre es culpa del de la moto.
- El automovilista distraído: en Iguala tenemos una pésima costumbre al volante: no usar las direccionales. Un auto da vuelta sin avisar o cambia de carril bruscamente, y para el motociclista que viene atrás, eso es una trampa mortal.
- La Ley de la selva: camionetas grandes o transporte público que “le avientan la lámina” al más chico. Existe una falta de respeto total hacia el vehículo de dos ruedas, olvidando que quien va ahí es un padre, una madre o un hijo.
La irresponsabilidad al manubrio
Pero aquí es donde debemos ser autocríticos y dejar de victimizarnos. Gran parte de los accidentes son prevenibles y nacen de la imprudencia:
- Acelerar y frenar NO es saber manejar: muchos jóvenes (y no tan jóvenes) creen que porque la moto avanza, ya saben conducir. Desconocen el reglamento, los puntos ciegos, las preferencias de paso y las distancias de seguridad.
- El casco de adorno (o inexistente): “es que hace mucho calor”, “voy aquí cerquita”. Esas excusas no sirven de nada cuando la cabeza golpea el pavimento. Ver a familias enteras (hasta con bebés) en una motoneta sin un solo casco es una ruleta rusa que jugamos a diario.
- La velocidad: el peri no es pista de carreras. Rebasar por la derecha, culebrear entre carriles o volarse los altos “porque la moto cabe” son recetas para el desastre.
Una crisis de cultura vial
El problema de fondo en nuestra Cuna de la Bandera no es el vehículo, es la mentalidad. Tenemos una generación de conductores —de autos y motos por igual— que obtuvieron su licencia (si es que la traen) pagando el trámite, sin un examen real de manejo o de reglamento.
Estamos normalizando la tragedia. Nos estamos acostumbrando a ver gente tirada en el asfalto esperando la ambulancia bajo el sol inclemente. La autoridad hace operativos, sí, y todos se quejan de que “solo quieren sacar dinero”, pero ¿acaso nosotros cumplimos con lo mínimo?
No se trata de satanizar a las motos, son una herramienta de trabajo y transporte vital para la economía de Iguala. Se trata de sobrevivir.
La solución no llegará solo con multas, llegará cuando entendamos que la calle es de todos y que las reglas de tránsito están escritas con sangre de los que no las siguieron.
Te dejo esta pregunta para la reflexión de hoy:
Cuando te subes a tu vehículo (sea moto o coche) y tienes prisa por llegar a tu destino: ¿vale la pena arriesgar tu vida o la de alguien más por ahorrarte 2 minutos en el semáforo?
Cuídense ahí fuera, paisanos. Queremos verlos llegar a casa.
Gracias por leernos.
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¡Hasta la próxima!


